La cremallera

"No vine a arrodillarme, vine a conquistar"

miércoles, 6 de abril de 2011

"Cada vez te pareces más al abuelo"

          No sé qué exclama un padre novel al ver por vez primera a su hijo. Silencio atónito y enamorado, tal vez. O quizás alguna frase lapidaria que ensayaba desde que su chica lo avisó del vuelo en ‘Business’ de la cigüeña parisina. Cuenta la hermana, quien finalmente libró a mamá del sufrimiento limpiándome los ojos al mundo por primera vez, que su expresión fue tal que así: “se parece a Mr. Magoo”. No es digna de aparecer en recopilaciones de citas célebres, ni siquiera es una frase tierna o cariñosa, pero sí poco planificada, carente de ensayo frente al espejo, más significativa, para mí, que la mejor idea de Borges o Víctor Hugo. Y es que los grandes de la historia y del presente son nadie frente a la figura de mi padre. No me gusta Gabilondo, vomitaría sobre Luca de Tena, Larra se podría haber muerto antes, incluso Kapuscinski . No los admiro. No siento pasión por lo que dicen y cuentan, no sigo las sendas que intentan  trazar o trazaron, ni busco veredas sobre las que ellos hayan caminado para tratar de alcanzar igual destino. El periodista que más he admirado, y admiraré siempre, será al que menos he leído y leeré nunca. Tal vez por miedo a leer las palabras del auténtico referente y faro de uno mismo, o bien por evitar la inevitable comparación y su siempre putrefacto resultado.
            He seguido sus pasos, modernizados y revisados, pero sus pasos al fin y al cabo. No soy periodista por vocación, ¿cómo podría serlo? Lo soy porque es aquí, en este folio antes blanco y áspero y ahora virtual, donde me siento más cómodo, donde me resulta más fácil nadar y crecer, el único lugar en el que respiro radicalmente libre. Y todo viene dado. Jamás he leído, me aburre enormemente, pero escribo. Todo viene dado. Hasta la cuchilla de afeitar parece haberme abandonado. Se excusa uno en la pereza y el descuido, en la estética underground, pero el subconsciente es más poderoso que todos ellos, e incluso la imitación puede ser involuntaria, incontrolada e icónica. ¿Quién lo sabe? También somos animales, animales de costumbres.
            De su paso, siempre huella. Se oyen comentarios alegres y alabadores cuando él entra en el tema de conversación de un grupo ajeno y sentimentalmente desconocido para nosotros. Se escucha hablar bien de mucha gente, pero en la mayoría de casos las confesiones no son sinceras, y atienden a intereses que derivan del beso a una mano poderosa. Pero, en este caso, lo verdadero debe brotar.
            Antes de ser maestro de muchas cosas, él es padre. Padre, con mayúsculas, en el sentido más brutal de la palabra. Tener un hijo no convierte a uno en padre, del mismo modo que tener un piano no lo vuelve pianista. Intenta que llegues a ser todo lo bueno que a él le hubiera gustado ser, y eso lo hace exigente y realista. Exigente porque sabe cómo actuar frente a lo que seguro está por venir y de lo que yo ni siquiera veo atisbos. Realista porque ha visto que el mundo que nos rodea, en su mayor porcentaje, será hostil conmigo y con todos, y sabe que sólo aquellos capaces de dominar su entorno estarán en la punta del iceberg, justo donde él quiere que llegue y donde yo quiero llegar.
            Abandonó a tiempo el soborno del cielo, consciente de la realidad de las cosas y de que no hay nadie incorpóreo que pueda echar una mano. Me compró mi fe, y la cambió por las orejas de Mickey Mouse y el hocico de Pluto. Me enseñó la pasión por el fútbol y por la música. Me descubrió a Bob Marley a través de aguja y vinilo. Descifra muchas de mis preocupaciones y las soluciona con, ahora sí, una frase lapidaria rebosante de pragmatismo, aunque su consejo siempre concluya en una elección que finalmente dependerá de mí. Nunca me ha cortado las alas, pero me ha enseñado a volar con firmeza y determinación, esquivando el cableado, y a reconocer las ventanas que, a simple vista, parecen no tener cristal. Se rompe la camisa y trabaja a deshoras para que a una rubia y a mí no nos falte nada, para seguir dándonos lo más importante que un padre puede dar: la posibilidad de que sus hijos elijan. Siempre. Adora a su mujer, mi madre, aunque el trabajo lo agote y presione en ciertos momentos, e incluso se le sigue desprendiendo el amor por la sorpresa, algo que yo sigo a rajatabla. Continúa cometiendo pequeñas locuras que puede permitirse, aunque nunca son exclusivamente para él. No tiene lujos, ni vicios, ni se concede nada para disfrutar unilateralmente. Su consciencia es plural e inabarcable, grupal, familiar.
Es cabeza de familia. Patriarca, nunca padrino. Corta y reparte las sandías y los melones, uno de los gestos que más pueden dignificar, identificar y determinar a cualquier líder familiar. Tiene poder decisorio sobre la televisión a mediodía, por la noche no le importa, normalmente no está. Sabe que cuando llegue, el mando a distancia estará descansando sobre el sofá, todos dormirán. Pero, la noche que está, si coincide con un buen partido, reality shows y películas se van al carajo.
La admiración es clara, genética, involuntaria. Su amor es infinito, inmensurable, hermoso. Es santo de la devoción de todos los que compartimos lazos estrechísimos con él. Los más estrechos que existen. Dicen que cada vez se parece más al abuelo, y él se pica. ¿Por qué? Él es otra persona total, plena. Ojalá llegue a conseguir yo lo que él ha logrado. Ojalá mis hijos me digan a mí algún día “cada vez te pareces más al abuelo”. No pido nada más.

Feliz cumpleaños, papá.

domingo, 27 de marzo de 2011

Llenando de miel mi panal...

          El mundo explota, o explotará. Los pueblos huyen, el cielo se colorea con rotuladores naranjas y la nube tóxica abre sus fauces y enseña los dientes al respetable. La información ha cambiado. La comunicación ha roto líneas de separación y ha rasgado anos que antes sonreían virginales. Revolución. En los albores del penúltimo cambio de tercio, el irreverente cuadrúpedo de afiladas astas saluda devoto a la espada que más tarde atravesará la espina dorsal. Los navíos se agrupan frente a la costa norte de la madre África, pero navegan sin velas. Se mueven al compás del acordeón lúgubre de la prensa, internet y la polítca, términos cada vez más uniformes e instrumentalizados que sólo encuentran refugio en la voz, siempre hermosa, de la masa lúcida que se libró del disfraz de borrego para vestirse de kamikaze. Los amigos del pasado son ahora ratas de cloaca. Nada nuevo. Sucede en la calle, en los mercados, en los lugares de trabajo, en las mesas con velas para dos de los restaurantes 'chic', ¿cómo podría no suceder en las altas esferas? 
         La guerra es una película. Los efectos especiales los pagamos todos. Los protagonistas no son azules, pero también defienden lo suyo. Pero, ¿qué es lo suyo? El primer hombre que dijo "esto es mío" y encontró a un grupo de personas lo suficientemente menguadas como para hacerles creer que era cierto, fracturó la armonía y disparó a quemarropa contra la felicidad futura. Perderse en las junglas quizás sea el único remedio para cortar los cables que hoy nos unen a todo esto, que nos adhieren a la pantalla en la que ahora me lees. El canto anti-sistema ya está masticado, tragado y vomitado decenas de veces. Lo han intentado muchos, unos con más éxitos que otros, pero hasta la CIA se preocupa por encontrar al más insignificante trovador para cortar sus manos. El pobre que no sabe lo que es la televisión, el teléfono móvil o la cámara de fotos es el último hombre libre del planeta. "Mamá naturaleza te lo da". No le faltaba razón al oso. Preferiría vivir la mitad del tiempo del que pueda disponer, y hacerlo de una forma tan plena como lo hacen los que aún viven subidos a los árboles, en medio de la nada, inalcanzables para Google Earth
         Y mientras, a la misma hora que los niños son violados y asesinados, que brotan huérfanos bajo la mirada de sonrientes soldados de piel blanca y que los hermanos se disparan por ideas opuestas, nosotros, los de aquí, somos mierda. Nos quiebra el día llegar tarde al teatro, no rendir tanto como el gilipollas del jefe desearía, una abolladura en el lateral del coche, una carrera en la media. ¿Pero acaso no nos damos cuenta de lo que pasa? El azar, siempre el azar. Dicen algunos que el tsunami es fruto del azar, de la mala suerte. Pero aquél que coloca un hotel con capacidad para cinco mil personas en un lugar en el que siempre hubo tsunamis soy yo, o eres tú. Somos nosotros los que violentamos el orden de las cosas, los que creemos que la madre naturaleza ha sido destronada por el presente, por la tecnología, por la épica pícara del ser humano en su intento por dominar los elementos. Y nos resguardamos en el "Dios proveerá" o en el "no estaba de Dios". Agachamos la cabeza y seguimos currando para dignificar nuestras almas, para ser recordados como personas responsables y trabajadoras. Incluso los hay que prefieren estar más de ocho horas al día para vivir en paz consigo mismos, con su penosa vida diaria, con su conciencia de hormiga hecha hombre. Pero una cosa sí es inamovible: el exceso de trabajo no justifica la falta de talento. 
         Dominados por analfabetos que obligan a seguir las reglas bajo amenaza de robar tu libertad. Liderados por mentes mal formadas y amorales. Predestinados al fracaso de una vida "normal" vendida como estandarte de la felicidad. Soportando carros y carretas por miedo a perder lo que has logrado. Viendo por televisión como, lejos por suerte, la gente se quema y respira aire radiactivo. No queda otra que tragar profundamente el humo más psicotrópico y no soltar la calada hasta perder la consciencia.
          Al fin y al cabo, ¿para qué preocuparse? Sólo soy un caminante, uno que ha subido muy arriba y ha oteado desde lo alto muchos paisajes en sus veladas y más desnudas estaciones. Observando, oyendo, viendo, sintiendo, respirando y absorbiendo, untando con arena mojada todos los poros de mi piel, con el viento entre los ojos, llenando de miel mi panal...

miércoles, 9 de marzo de 2011

Hoy es siempre, todavía.

          Desesperanzada la mariposa. De ser por ella, el mundo caería a diario sobre nuestras cabezas. ¡Por Tutatis! El cielo se viste de gris cuando vienen torcidas. Las nubes siempre están ahí, amenazando tormenta. Uno nunca puede arriesgarse a no asomar la cabeza del nido a la mínima llovizna, porque quizás se pierda el arco iris. Harta de pasar por agobios de soluciones insultantemente sencillas. Ahogada mil y una veces en vasos casi vacíos, ante la atónita mirada de su compañía. Cantidades de agua sobre las que chapotea felizmente una vez se percata de la supina tontería. Tal vez los miedos, siempre los miedos. Miedo a esto, pavor a lo otro, pánico por lo de más allá. Todo el que le rodea, pese a taparse los ojos frente al cine de terror, parece valiente como un príncipe que combate entre llamas al dragón. Eso la coarta, le rompe su libertad, la ata a un sinfín de imposibles absurdos y auto-impuestos. Nadie duda de su valía, tampoco de su nervio inseparable, pero hasta el más tenaz entre los hombres se cansó alguna que otra vez de repetir las mismas canciones. Santa paciencia.
         Es capaz de amar con locura a alguien que conoció hace un par de horas, de admirar sobremanera e injustamente a aquellos que demuestran ser diferentes a la gran masa. Pero también es capaz de odiar a quien amó por haber cometido errores insalvables, y puede denigrar al que era diferente por blasfemo e inmoral. De ahí se desprende el presente. Son muchos los intentos de regreso, pero imposible su consecución sincera y plena. Los errores se pagan, aunque sucedieran cuando los cerebros aún no habían completado su proceso de formación. Nunca podrá volver a entregarse como lo hizo. Aunque su cabeza haya querido intentarlo, su corazón desconoce las lindes de la cordura, y campea a sus anchas allá por donde quiera. Sin embargo, lo políticamente correcto, el protocolo y la actuación forzada, para quien la ha conocido de verdad, se pueden ver desde otro continente. No puede engañar, no a mí. Sobrellevarlo de la manera educada y de común interés es aburrido, tremendamente inaguantable. Hay lazos comunes que da demasiado miedo romper, ni siquiera se plantea, pero la tensión de la cuerda, los largos silencios, el desinterés real y mutuo de muchas ocasiones, está ahí. Nunca me gustaron los cuentos de indios y vaqueros, tampoco las películas de inevitable final feliz. La gente cambia, las situaciones, a veces, son duras, muy duras, y los errores se pagan caros y en muchos casos sin vueltas de hoja. El patetismo de los habituales mensajes de recuerdo no va conmigo. Odio la forma en que algunos intentan demostrar que ya no son nada a través de muestras de interés falsas y despiadadas. Odio el silencio, y odio el ruido cuando por norma debe haberlo. No quiero ni estridencias ni nada que no sea cierto del todo. Con el tiempo uno aprende que el camino es uno, que por mucho que quieras torcer para un lado, todo el universo que te rodea te regresa de nuevo a tus desdichadas vías.
          Me vacío para ti. Atrás quedaron los recuerdos de bellas publicaciones empastadas en terciopelo. Me vacío para hacerte ver que eres fuerte, y que no se me escapa nada. Que cuando estás triste, nosotros, los de siempre, estamos aunque recurras cada vez más a los mismos, diferentes de los que te ayudaban entonces. Te quiero, y lo haré siempre. Aunque sea una batalla, quizás, perdida, a mí me hechizan, mucho más que aquellas en las que hay una mínima posibilidad de victoria. Y seguiré combatiendo, como fiel soldado que siempre fui. Soldado de las causas perdidas, de los imposibles. Comandante de la división de aquellos que sólo quieren hacer entender.

         Feliz cumpleaños.  

domingo, 27 de febrero de 2011

Gaviotas.

          Mientras, él se hace el tonto para no ir a la guerra. No quiere volver a cometer aciertos del pasado que acabaron convirtiéndose en errores con mayúsculas. Nunca más, se dice a sí mismo. Se ha convertido en un villano, habiendo sido hombre de buena fe, de corazón de puertas abiertas. No confía en nada, ni en nadie. Hay abiertos demasiados frentes para un solo soldado que, a su vez, es el único director de orquesta del batallón más pobre que jamás haya pisado un campo de batalla. Teme volver a ser derrotado, vencido amargamente por voluntad propia, arrastrado de nuevo a un mar de dudas que asola todo lo que encuentra a su paso. Pero sólo tropiezan dos veces con la misma piedra aquellos que no dejan de caminar, aquellos que regresan sobre sus pasos sin preocuparse por retroceder, en una búsqueda maleducada por el sentido apropiado del giro. Detalles. Volver atrás, conocer qué hizo que cambiara de dirección, analizar al detalle dónde se encontraban las minas, y saber al fin por qué era mejor bifurcar el camino en lugar de arriesgarse a pasar por encima con la esperanza de encontrar una avería en el sistema de detonación. El soldado se hace a sí mismo. Recibe órdenes y consejos, pero es él quien tiene la última palabra. Ahora, se encuentra enroscado en una batalla contra ejércitos desconocidos, contra países que llevan en guerra desde que el hombre es malo, contra unos labios exóticos que amenazan tormentas y huracanes. El paraguas es gris, como el cielo de la gran metrópolis. Sus varillas son delgadas y están hechas con arena de playa. El mango, sujeto con firmeza, tratando de impedir que un ligero soplido desestabilice la maravilla. Los bolsillos, siempre llenos de arena para impedir que la ingravidez lo lleve hacia esferas que él todavía no desea conocer. La luz del escenario es roja, y la bombilla observa con demasiada frecuencia el espectáculo de la fusión. Pero los focos no deben entorpecer la misión, no pueden quemar las neuronas. Cuando habla, siempre con duendes agudos, él escucha con cara de falso objetor de conciencia. Y cuando llega la hora de decir desde dentro, vuelve a hacerse el tonto para evitar el gas mostaza y los morteros mal apuntados.
          Sin duda, caerá. Quizás, un buen día, le idealicen en mármol, a lomos de un caballo blanco que nunca supo montar. Por el momento, la ruleta rusa es su distracción preferida, pero juega sin balas, sólo porque le gusta el sonido del percutor al impactar contra el metal vacío. La guerra tiene impuesta una fecha de caducidad, ya las tuvieron combates pasados, aunque él siempre se saltó a la torera el calendario. Sigue llegando a la deshora que le va marcando el corazón.
          Y ahí sigue, tirado en la cama, vendado hasta los ojos. Supurando heridas que no terminan de cicatrizar.  Pero esta vez, siendo curado por las manos de una bella costurera que intenta bordar gaviotas en el centro de su patria chica. Él ha cambiado el traje de batalla. Se ha vestido de hiena, y ha disfrazado su alma de payaso, sólo por verla sonreir.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Corazón de cuna.

         Siempre me han dicho que fue un día lluvioso, y un proceso nada sencillo. Parece que el mundo y los elementos se conjuraran para llorar mi estreno. Cuando eres bebé, tu vista sólo alcanza un radio de treinta centímetros. Seguir el sendero que va marcando mamá pato es sencillo así. No se necesita más. 
          El despertador suena cada mañana a las siete en punto, pero remolonear en un mar de calor siempre complica el momento de poner los dos pies en el suelo. El sonido de la ducha se oye de fondo, y es tan relajante que aporta sosiego a los que todavía se niegan a abrir los ojos. Después, tacones. Pasillo arriba, pasillo abajo, hasta que se cierra la puerta. Es la primera vez que se abre en la mañana, y su ruido invita al resto a disfrutar de lo poco que les queda.
          Es imposible adivinar a qué se dedica realmente. Profesora, solucionadora de problemas con cualquier red interna, externa u ordenador, programadora, asistenta informática en toda la provincia, viajera de turismo interior, coordinadora de cursos. Dios sabrá. Funcionaria. Entre sus compañeros de trabajo siempre hay varios madridistas, que saben que su hijo es culé, y que lanzan mensajes desafiantes que suelen tomar forma a la hora del almuerzo. El lugar de trabajo ha cambiado de aspecto más veces de las que recuerdo. Lo interno en Diputación no cesa. Gusta mover piedras de un lado a otro, invertir la dirección del proceso, y volver a dejarlo todo como estaba. Hay que renovar el aire.
          Siempre llega la última al almuerzo. Y cuando no es así, espera vigilando la larga Vázquez López desde el balcón. Y si la niña no contesta al teléfono móvil, rostro largo, larguísimo. Y la sopa: fría. Las madres siempre temen lo peor. Quizás porque no puede pensar que su misma sangre sufre. Quizás por inherente psicopatismo maternal.
           Su humor no es heredado, sino construido. Su actitud al teléfono es hiriente para el oído humano. Risa sincera que suena falsa a leguas de distancia, acompañada de afirmaciones rotundas y constantes, que invitan al interlocutor a pensar que la conexión telefónica aún no se ha cortado por fallos técnicos. Sin embargo, si un día decidiese no hacerlo, todos pensaríamos que el teléfono ha perdido la red.
          Es limpia. No sabe mentir. Nunca lo intenta, tal vez porque es consciente de su incapacidad innata para engañar. Reiría antes de terminar de contar su mentira. Y la risa es la savia de la vida.
         Duerme cuando, como y donde sea. No sabe lo que es adormentarse, porque no experimenta esa fase intermedia. Del habla pasa al silencio. De estar despierta, a estar profundamente dormida. Y aunque duerma 10 minutos, se despierta igual que si hubiesen pasado quince horas. Desorientada, perdida, tratando de concluir con una sentencia firme una conversación que ya acabó hace demasiado tiempo. Ese es el trayecto del sofá a la cama. Momento de preguntas brillantes como cuando, después de verte, pregunta "Ay, ¿estás aquí?".
          Me echa de menos. Casi tanto como yo a ella, aunque las magnitudes de la exteriorización se midan en divisas distintas. Ella puede parecer frágil en ocasiones, pero no lo es. Se enfrenta a lo que esté por venir, bueno y malo, con el mismo gesto. Un padre puede darle la espalda a su hijo, hermanos y hermanas pueden convertirse en enemigos viscerales, un esposo puede abandonar a su mujer, pero el amor de una madre perdura siempre. Porque de ella aprendes que nunca es tarde, que siempre se puede empezar de nuevo. Por ella, ahora mismo le puedes decir basta a los hábitos que te destruyen, a las cosas que te encadenan, a la tarjeta de crédito, a los informativos que te envenenan desde por la mañana, a los que quieren dirigir tu vida por el camino perdido. Porque de ella bebes, y por ella eres. Porque madre, no hay más que una.

          Felicidad, mamá.

martes, 8 de febrero de 2011

De Suecia en general, y de Goteborg en particular.

          Pasé el fin de semana en Goteborg, la segunda ciudad más importante de Suecia. Un vuelo de 18 euros ida y vuelta con Ryanair desde Kaunas, a escasos 100 kilómetros de Vilnius, que hacía presumir un viaje tranquilo en términos económicos. Volar con Ryanair parece barato, menos de veinte euros para llegar a una ciudad que no está en los itinerarios habituales de los viajeros europeos. Sin embargo, el fin de semana, de viernes por la noche a domingo, ha terminado con un déficit de algo más de 200 euros en la cuenta bancaria. La pregunta parece clara. ¿Hemos tirado la casa por la ventana? La respuesta también lo es: no.
          Autobuses de ida y vuelta desde Vilnius al aeropuerto de Kaunas; también desde el Goteborg City Airport hasta el centro de la ciudad; el hostal, uno de los más baratos y para nada regalado como en otras capitales de Europa. 
          Por lo demás, gastos habituales. La obligada salida nocturna, los almuerzos y las cenas, y nada más. No visitamos museos, ni fuimos a teatros ni óperas. Allí no utilizan el Euro, sino la Corona Sueca. Un euro equivale a unas 9 coronas aproximadamente. Por ello, no era extraño ver precios que a simple vista parecían desorbitados. Aún no hemos olvidado el euro, por lo que ver 100 Krn. en la lista de precios de los menús de McDonald´s impacta. Simplemente por la cifra.
          Aparte de soltar por el botellín de cerveza unos 7 u 8 euros, los ciudadanos pagan unos impuestos desorbitados sobre todos los productos. El IVA sueco llega al 25%. Un dinero que más tarde es empleado en servicios sociales para los ciudadanos. La calidad de vida que tienen allí es palpable. Además, el gobierno sueco impone tasas abusivas sobre productos como el alcohol o el tabaco. Civismo o corrupción gubernamental enmascarada, cada uno lo verá desde un prisma diferente.
        Por lo demás, fuera de lo económico, Goteborg es una ciudad fantástica. Suecia es un país diferente.
         Da vergüenza tirar una colilla al suelo. La noche está llena de gente. Las colas para entrar en bares y discotecas son larguísimas, pero fluyen a un ritmo envidiable. Allí no existen las aglomeraciones, cada cual respeta su lugar. Educación nórdica. Civismo. No me cansaré de repetir esa palabra. Los restaurantes son caros, muy caros. Pagamos más de 20 euros por un plato de estupendo salmón. Hay restaurantes españoles en la avenida principal, como en cualquier ciudad del mundo (menos Vilnius). 
         Quedé prendado del barrio de Haga. La calle principal es Haga Nygata, y es el barrio bohemio y anticapitalista de Goteborg. No se parece en nada a la avenida principal. Las casas son de madera, y los jóvenes llenan las cafeterías.
          Goteborg está rodeada de pequeñas islas, habitadas por centenares de suecos que trabajan en la ciudad y utilizan los barcos de transporte público a diario. El mar helado estaba helado, y el sol se abría entre las nubes. Lástima la tormenta de vienta que azotó Suecia durante nuestra estancia. A unos 5º centígrados, sentíamos calor. Acostumbrados a no subir de los cero grados, los valores positivos se agradecen enormemente. Le cambian a uno la cara.
          No es de extrañar que Suecia esté en la cúspide mundial en calidad de vida y de servicios. También la renta per cápita es de las más elevadas. Y de ahí se deduce que la política socialdemócrata esté ganando peso en los países nórdicos. Los emigrantes no pagan impuestos, pero disfrutan de todos los servicios que provee el sector público. Los suecos, en cambio, pagan cantidades estratosféricas para tener los mismos derechos y las mismas aportaciones gubernamentales. El norte es el norte, y catetos como nosotros no tenemos demasiada cabida en el sistema cerrado de los países escandinavos. Por si fuera poco, me han comentado que Noruega es aún peor, los precios son casi el doble que en Suecia. Normal que no quieran formar parte de la Eurozona. A nadie le gusta pagar de su bolsillo lo que otros gastarán, ni aunque sea por necesidad.
         Suecia, creo que pasará algún tiempo hasta que volvamos a encontrarnos. Al menos, el tiempo necesario para que las arcas vuelvan a llenarse. Para ir allí, hay que abrigarse mucho también los bolsillos.




sábado, 29 de enero de 2011

Y recogí leña para que el fuego del infierno nunca muriese...

          Trabajo en una empresa internacional de Relaciones Públicas. Se llama SKC (Strategic Communication Centre). Es una de las empresas de marketing y representación pública más importantes de toda la Europa del Báltico, algo de lo que me he percatado en los últimos días. Se ha cumplido mi primera semana, y ya estoy realizando tareas como uno más. Mi empresa realiza planes de comunicación y estrategias de marketing para mejorar o lavar la imagen de empresas de cualquier tipo. Trabajamos con empresas de la talla de Phillips, Mercedes-Benz, Pepsi, así como con diversos gobiernos del este de Europa que necesitan asesores en tareas de "venta de ideas", a priori, imposibles de vender a los ciudadanos.
          Somos unos hijos de puta. Todas las empresas de marketing y relaciones públicas lo son. Y no siempre hijos de puta, sino, a veces, simplemente son putas de la comunicación. Nos vendemos a alto precio, pero somos capaces de cualquier cosa con tal de lograr los objetivos firmados. Trabajo para el mismo Lucifer, pero es divertido comprobar cómo el rebaño baila los pasos que algún idiota les va marcando desde las altas esferas.
          Durante los dos primeros días estuve colaborando en el plan de comunicación de Volfas Engelman, la segunda marca de cerveza más popular en Lituania. Por supuesto, la cervecera ha acudido a SKC para tratar de abandonar la segunda posición y desbancar de una vez por todas a Svyturys (la Cruzcampo lituana). Quieren hacer ver a la ciudadanía que la marca es sinónimo de "lituanismo" y tradición, puesto que es una cerveza que no ha cambiado desde 1856. Además, la empresa es un fiel reflejo de la historia del país, ya que, aparte de ser la decana de todas, desde su apertura no ha parado la producción ni siquiera un solo día. La fábrica nació como una idea del señor Engelman construida con sus propias manos, pero Lituania ha sido muchas cosas en el pasado. Con la absorción de la Unión Soviética, la empresa pasó a manos estatales. Unos años más tarde fue para los nazis, y poco después volvió a la URSS. Hoy, toda esa historia debe ser la imagen de la marca. Una cerveza inmortal, capaz de sobrevivir a soviéticos, a nazis y a mil guerras. Está previsto que la cerveza sea número uno del mercado en 2013. Creedme, lo será.
          Desde el miércoles abandoné la cerveza (sólo el proyecto) y me fui llamado al despacho de la directora, una señora de unos 50 años, naturalmente rubia y que habla un inglés con acento americano difícil de comprender en algunos momentos. SKC había recibido una oferta nueva. El gobierno de Azerbayán, país de régimen autoritario enclavado entre Armenia y el mar Caspio, y en guerra contra estos últimos por la posesión de un territorio intermedio, quiere lavar su imagen exterior. Buscan que la comunidad internacional reconozca el Alto-Karabaj, la zona disputada en la guerra eterna, como territorio azerbayano. Para ello, el primer paso es limpiar una imagen de dictadura que echa hacia atrás a la Unión Europea y a las principales potencias del mundo no-Europeo. Por este motivo, llevo tres días de constantes llamadas con un trabajador del gobierno azerbayano que, afortunadamente, dijo a nuestra empresa que sólo podía hablar francés o español, nada de inglés. Desde entonces, soy la llave de un tesoro que SKC ha encontrado por casualidad para este proyecto. O quizás no haya sido por puro azar. Uno no sabe ya qué pensar.
          El proyecto de Azerbayán, moralmente, es duro. Defendemos la posición de un país repudiado por todas las democracias del mundo, un país que quiere hacer suyo el territorio del Alto-Karabaj (rico en petróleo, por si todavía quedaban dudas) aún siendo sabido por todos que históricamente corresponde a tierras de Armenia. Pero la moral hay que dejarla a un lado. Este trabajo es así, sólo ofrecemos un servicio necesario para algunos, sin involucrarnos. Pura profesionalidad.
          Os pondré otro ejemplo que me contaron, sucedió hace dos años, e incluso los trabajadores de SKC paralizaron el proyecto un mes después de empezarlo por ir, creo, incluso contra los derechos fundamentales de las personas.
          El cliente, en este caso, era una importante farmacéutica que había lanzado al mercado una especie de parches contra el embarazo. Similar a los parches de nicotina, que se colocan en el brazo, pero en lugar de luchar contra el mono, evitaban el nacimiento de monitos. SKC sabía, de parte de la farmacéutica, que los parches no eran fiables, que su efecto anticonceptivo dependía del azar más que de cualquier componente químico de farmacia. Sin embargo, al tratarse de una suculenta oferta económica, la empresa aceptó la tarea. El primer paso fue crear 20 perfiles de personas falsas que darían su opinión en los distintos foros femeninos en Internet. Haciéndose pasar por mujeres que ya habían probado el producto, dirían que sus efectos eran increíbles, y que no había contraindicaciones en su uso. Todo ventajas. Tras un mes, la directora decidió romper el acuerdo con la empresa farmacéutica, y rectificó sus opiniones en todos los foros, asegurando que se trataba de perfiles falsos que habían sido creados para cumplir la misión publicitaria.
         Por ahora, sólo diré que el viernes bebimos champán porque este mes los trabajadores de SKC recibirán una paga extra. Un pequeño gesto de amistad que llega desde el gobierno de Azerbayán.