La cremallera

"No vine a arrodillarme, vine a conquistar"

sábado, 29 de octubre de 2011

El hombre moderno.

            Soy un hombre moderno, un hombre del milenio. Digital y libre de humo. Un heterogéneo multicultural deconstruccionista posmoderno, políticamente, anatómicamente y ecológicamente incorrecto.
            He sido cargado y descargado, subido en el ordenador y después bajado. Sé las ventajas de las rebajas, sé las desventajas de las mejoras. Soy un delincuente de alta tecnología. Un multitarea de costa a costa a la vanguardia del último modelo, y te puedo dar un gigabyte en un nanosegundo.
            Soy la nueva ola pero soy de la vieja escuela, y mi niño interior está en alguna salida de socorro. Soy un sangre fría amoroso puesto en marcha que busca calor, con activación por voz y biodegradable.
            Interactúo desde una base de datos, y mi base de datos está en el ciberespacio. Así que soy interactivo, soy hiperactivo y, de vez en cuando, soy radioactivo. Estoy en situaciones difíciles, ventajosas, en la cima del mundo, evitando el desastre, excediendo los límites. Soy preciso, involucrado, concentrado en el guión y dejé las drogas. No tengo necesidad de cocaína y metanfetamina. No tengo urgencia por pasarme de la raya y purgarme. Estoy en el momento, en el límite, encima de las nubes, pero debajo del radar.
            Un misionero balístico de medio alcance, de alto concepto y bajo perfil. Una astuta y callejera bomba inteligente. Un ladrón extraordinario. Uso corbatas que dan autoridad, digo mentiras poderosas, duermo siestas en horas de trabajo y doy vueltas olímpicas. Soy completamente un genio en desarrollo con gran alcance proactivo. Un furioso adicto al trabajo, un trabajador adicto a la furia fuera de rehabilitación y que nada acepta.
            Tengo un entrenador personal, un asesor de compras, un asistente personal y una agenda personal. No me puedes callar, no me puedes torear, porque soy incansable e inalámbrico. Soy un macho dominante que usa antivirus beta. No soy creyente y logro más de lo esperado, tranquilo y relajado, pero a la moda. Directo, humilde, egocéntrico y nada refinado. Genial, duradero, de alta definición, rápida instalación, listo para el microondas y apto para disparar. Soy un lunático impulsivo, libre y sin compromiso, prematuramente postraumático y tengo un hijo ilegítimo que me envía mails de odio.
            Pero siento, doy cariño, curo, comparto. Un criador solidario primordial con vínculos afectivos. Mi producción es lenta, pero mis ingresos son altos. Realizo una venta corta con bonos a largo plazo, y mi fuente de ingresos tiene su propio flujo en caja. Leo los correos no deseados, como comida chatarra, compro acciones de alto riesgo y veo telebasura. Soy especial en un género, intensivo en capital, fácil de usar e intolerante a la lactosa. Me gusta el sexo duro, me gusta el amor fuerte. Uso palabrotas en mis escritos y el software de mi disco duro es explícito, nada de porno suave. Compré un microondas en un mini-negocio. Compré un superordenador en un mega store. Como comida rápida en el carril lento. No pago peajes, soy del tamaño de un bocado, listo para mirar al norte y soy reproducible por tu mp3 en todos los formatos. Totalmente equipado, autorizado de fábrica, examinado en el hospital, clínicamente probado, milagro médico científicamente formulado. He sido prelavado, precocinado, precalentado, preseleccionado, preaprobado, preempaquetado, pasado de fecha, doblemente envuelto, envasado al vacío y tengo una capacidad ilimitada de banda ancha.
            Soy un tipo duro, pero soy lo máximo. En forma y agresivo. Con seguro, amartillado, áspero y difícil de intimidar. Lo llevo todo del modo más suave, sigo la corriente, me deslizo al caminar, viajo con la brisa. Conduciendo y moviéndome, navegando y girando, bailando y disfrutando, lamentando y ganando. No duermo poco, así que no sufro, piso el acelerador a fondo y mantengo los neumáticos siempre en la carretera. Me divierto a gusto, y la hora del almuerzo es la hora de la verdad. Me mantengo firme, no hay duda sobre eso, aguanto tenazmente y entonces… Cambio… Y al carajo.

jueves, 20 de octubre de 2011

El espejo.

Conozco la sonrisa brillante de las mañanas.
Las tardes melladas,
las desdentadas noches.

Sé del aullar de gigantes en lumbres de aspas de molino.
Sé del letargo de los sentidos entre el estruendo de monedas.
Sé del néctar de las bocas,
y de su aliento en la nuca.

Sé de las palabras inútiles como volutas de humo,
y de camas desechas como lienzos desflorados.
Sé de los bordes cortantes del canto herido.
Sé de su demencial cordura.

Conozco los rincones absurdos de las copas vacías.
El valor de las noches en vela,
la redención de los colores.

Sé de los tiempos muertos y las líneas rectas.
Sé del silencio de las sirenas frente a la tabula rasa.
Sé del espacio que hay entre los dedos,
y de buscar la eterna candela en estelas celestes.

Sé del dibujito de mis aciertos.
Sé de tener claro y oscuro.
Sé del perro andaluz que siempre soñó con ser pura sangre.
Sé de sus ladridos en silencios llanos.

Conozco las uñas gastadas en las esperas.
Los hemisferios,
la empuñadura de las espadas de madera.

Sé de las ilusiones de las pestañas caídas.
Sé de la soledad del cigarrillo de antes.
Sé de la luz de la primera hora,
y de los dulces filtros del rocío.

Sé de cojines cansados de sus plumas y del guiñar de los semáforos.
Sé de los hijos perfectos que se van por el desagüe.
Sé de los paralelos que llegan a juntarse.
Sé de sus cuentas atrasadas.

Conozco las lluvias que arruinan las prisas.
Los callejones sin salida,
los ahogados en seco.

Sé del brillo amargo de las planicies y las navajas.
Sé de las mentes pensantes y de los tontos ilustrados.
Sé del fuego lento,
y de las faltas de estilo.

Sé de cortinas al vuelo en habitaciones ventiladas.
Sé de los platos sucios apilados como torres de Babel.
Sé de la tierra que piso esclava,
de la espuma de más.

Desconozco, sin embargo,
ese rostro familiar que me mira, a cada instante,
desde el espejo.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Échate crema.

Señoras y señores,

Si pudiera ofrecerles sólo un consejo para el futuro, sería este: usen protector solar.
Los científicos han comprobado los beneficios a largo plazo del protector solar, mientras que el resto de consejos que les voy a dar se basan única y exclusivamente en mi propia experiencia.

He aquí mis consejos:
Disfruta de la fuerza y belleza de tu juventud. O mejor no me hagas caso. Nunca entenderás la fuerza y la belleza de tu juventud hasta que se haya marchitado. Pero créeme, dentro de veinte años, cuando mires viejas fotos comprenderás, de una forma que no puedes comprender ahora, cuántas posibilidades tenías ante ti y lo guapo que eras en realidad. No estás tan gordo como imaginas.
No te preocupes por el futuro. O mejor preocúpate, sabiendo que preocuparse es tan efectivo como tratar de resolver una ecuación de álgebra masticando un chicle. Lo que sí es cierto es que los problemas que realmente tienen importancia en la vida son aquellos que nunca pasaron por tu mente, esos que te sorprenden a las cuatro de la tarde de un martes cualquiera.

Haz todos los días algo a lo que temas. Canta. No juegues con los sentimientos de los demás. No toleres que la gente juegue con los tuyos. Relájate. No pierdas el tiempo con los celos. Unas veces se gana, otras se pierde. La competencia es larga y, al final, sólo compites contra ti mismo. Recuerda los elogios. Olvida los insultos (pero si consigues hacerlo, dime cómo). Guarda todas tus cartas de amor. Quema los viejos recibos de la luz, del agua, del gas. Estírate.

No te sientas culpable si no sabes muy bien qué quieres de la vida. Las personas más interesantes que he conocido no sabían qué hacer con su vida a los 23 años. Es más, algunas de esas personas aún no lo saben a los 40. Toma mucho calcio. Cuida tus rodillas. Sentirás la falta que te hacen cuando empiecen a fallar.

Quizás te cases, quizás no. Quizás tengas hijos, quizás no. Quizás te divorcies a los cuarenta. Quizás bailes La Macarena en tus bodas de oro.

Hagas lo que hagas, no te enorgullezcas ni te critiques demasiado. Siempre optarás por una cosa u otra, como todos los demás.

Disfruta de tu cuerpo. Aprovéchalo de todas las formas que puedas. No tengas miedo ni te preocupes de lo que piensen los demás. Baila. Aunque tengas que hacerlo en el salón de tu casa. Lee las instrucciones aunque no las sigas. Nunca leas revistas de belleza, porque únicamente conseguirán que te sientas más feo de lo que eres.

Aprende a entender a tus padres. Será tarde cuando ellos ya no estén. Ama a tus hermanos. Son el mejor vínculo con tu pasado, y serán ellos los que te acompañarán en el futuro. Entiende que los amigos vienen y se van. Pero hay un puñado de ellos que debes conservar con mucho cariño. Esfuérzate por no desvincularte de un lugar y un estilo de vida, porque cuanto más pase el tiempo, más necesitarás a las personas que conociste cuando eras joven.

Vive en cualquier ciudad una vez, pero múdate antes de endurecerte demasiado. Vive en cualquier otra ciudad una vez, pero lárgate antes de ablandarte demasiado. Viaja.

Acepta algunas verdades ineludibles: los precios siempre subirán, los políticos siempre mentirán y tú también envejecerás. Y cuando lo hagas, añorarás las vivencias de tu juventud. Los precios eran razonables, los políticos eran honestos, y los niños respetaban a sus mayores. Respeta a tus mayores.
No esperes que nadie te mantenga. Puede que recibas una herencia, tal vez te cases con alguien rico, pero nunca sabrás cuánto durará.

No te hagas demasiadas cosas extrañas en el pelo, porque cuando tengas 40 años, parecerá el de alguien de 85. Sé cauto con los consejos que recibes, y ten paciencia con quienes te los dan. Los consejos son una forma de nostalgia. Los abuelos dan consejos, por no estar ya en disposición de dar malos ejemplos. Dar consejos es una forma de sacar el pasado de la basura, limpiarlo, ocultar las partes feas y reciclarlo, dándole más valor del que tiene.

Pero créeme en lo del protector solar...

domingo, 10 de julio de 2011

¿Tú ERE gilipollas?

Con zapatos nuevos, pero con los mismos pies de siempre. Avanza la marcha lúgubre del presente cabrón. Con cara de tonto, el periodismo se ríe al verse morir frente al espejo. España no reconoce el mérito, no admira la experiencia ni las capacidades, no recompensa a aquellos que se implican, a los que dan el salto de calidad que enriquece y diferencia a unas cosas frente a las demás.
       Hablo italiano, inglés y francés. Cuando piso tierra extranjera, también es remarcable que sea hispanohablante. Soy uno de esos políglotas españoles, licenciados universitarios, con un tiempo más que respetable de prácticas altruistas en diferentes empresas negreras, de resultados profesionales más que satisfactorios, con un currículum que dejaría en bragas a todos los de aquellos que siempre estarán sistemáticamente por encima. Soy un producto de lo que no merecemos, un número más, un depositario perenne del requeteimpreso y poliactualizado currículum vitae. Soy un español medio.
       Fuera de las toreras y estereotipadas fronteras, soy alguien. Estoy en Lituania, el último pelo del agujero del culo de la Unión Europea. He logrado un contrato indefinido en una compañía de marketing. Una multinacional con más de veinte sedes repartidas por el continente, que se abre paso también allá donde nunca pasa nada, en Estados Unidos. La empresa tiene su origen en Dinarmarca, país santo y seña de los sueldos de más de dos mil quinientos euros a los trabajadores del McDonald’s. Adform, así se llama el monstruo, nunca chiste, opera para todas las empresas más importantes que ocupen el ideario mundano: Ikea, CocaCola, Nike, Mercedes, Nokia, Google, Rolex o Sony. Soy el nexo entre Italia, España, Portugal, Francia y la central, aquí en Vilnius. Soy imprescindible. Estoy construyendo el que, probablemente, será un futuro de mucho dinero y prestigio si consigo hacer las cosas con un mínimo de profesionalidad y seriedad. La central cuenta con más de cien trabajadores, todos lituanos, excepto mi persona. Pero, al ser el inglés el idioma oficial de Adform, todos tienen la obligación de ni siquiera de blasfemar en su lengua nativa. Dadle al coco: 99 trabajadores lituanos, un español, y sólo se oye inglés. Adform no tiene sede en España. Clientes sí, sobre todo ahora, pero sede no. Es imposible ubicar a cien españoles y obligarles a hablar inglés. Entrarían en juego sindicatos, derechos del trabajador, bajas por dolores en el pelo… Basuras varias.
       Pertenezco a la generación más preparada de la historia. Dejando a un lado las neuronas que el alcohol y la noche devoran, soy un ejemplo a seguir. Pero, aún así, en España no hay lugar para mí. Los viejos elefantes caminan entre los destartalados fósiles con vida. Los presidentes, los consejos o ‘conejos’ de administración, recursos humanos, lameculos de barbecho, chupapollas de entrecejo fruncido, bastardos analfabetos de arriba, son los reyes del cotarro. Me gustaría hacerles llegar un mensaje a todos esos vampiros: nos estáis matando, asesinando, descuartizando y repartiendo nuestros mejores pedacitos para alimentar a vuestros agrios y maleducados labradores. Los huesos, directamente a la basura. Las ilusiones y esperanzas, bañadas en gasolina y, cerilla en mano, insultadas y menospreciadas hasta la extenuación incluso después de muertas.
       Esto no va conmigo, yo he captado vuestro mensaje. Os enriqueceréis, pero no a costa de mi sudor. No explotándome. No haciéndome trabajar a cambio de promesas que se rompen incluso antes de ser pronunciadas. Os lo diré otra vez. Sois unos hijos de puta. Despedís a aquellos que luchan y se implican. Mandáis al carajo todo, con tal de que los cuatro o cinco amigotes sigáis siendo ricos. “No hay dinero”,  dice el que pasea en coches de lujo y ha dejado de comer pata negra porque ya le aburre. ¡Un carajo! Para ti, y para ti también. De mí no os vais a reír.
       Las malas experiencias me han hecho tachar dos nombres. Tanto la narcisista porquería del Huelva Información como su paupérrima competencia, Odiel Información, son dos nombres que he tachado de manera unilateral y perpetua de mi lista. Está justificado. Y no dudo ni un segundo cuando digo que fregaré platos para sobrevivir antes que vender mis palabras bajo vuestro logotipo. Él me dirá que soy estúpido, que nunca se sabe qué puede pasar, pero yo, de nuevo a mis veintitrés, estoy hasta el carajo de cerebros del tamaño de un altramuz que se creen dominar algo tan insignificante como el mercado periodístico de Huelva. Algo que ahora, desde aquí, se ve aún más minúsculo y ridículo. Ojalá algún día tenga yo la sartén por el mango. Ojalá llegue. Entonces os haré ver que una cría de elefante tampoco olvida.
        Vivimos en mitad de algo que nosotros mismos hemos construido, con la inestimable ayuda de las fraudulentas mentes de banqueros y políticos que nadie conoce. Ver a ‘Los indignados’ me desencajaba la mandíbula. De risa. Borrachos buscapeleas, neo-hippies parados de media rasta y fingido modelo tratando de imitar a los pobres que en realidad no les gustaría ser, policías con más películas de Van Damme vistas que libros leídos, políticos llegando en helicóptero por miedo al lanzamiento de huevos, amantes de la filosofía de almacén y del botellón con Don Simón. Esa era la respuesta apayasada y ultra-romántica del último bastión libre. Por el amor de Dios.
         Pero, volviendo al ojo del huracán, os la tengo bien guardada. Sois injustos. Os daré una pista de negocio: reduciendo la calidad del producto no se salvan los muebles. Alargad cuanto podáis la agonía, escribid crónicas diarias de una muerte que llegará más temprano que tarde. Prometed nuevas emisoras de radio el mismo día que despedís a un tercio de la plantilla. Agrandad la mentira hasta que los pies se salgan del tiesto y os cortéis con los pedazos rotos de vuestra propia sabiduría de chiringuito y vomitivo socialismo ‘progre’. Daos de bruces contra la inoperancia que os reina, y reflejadlo en despidos ajenos que en nada os afectan. Y lo digo porque sé cómo sois, sé cómo trabajáis. Qué triste es saber que vender el ano y la dignidad frente a los tiburones garantiza la estabilidad heredada del ‘chupaculismo’. Pues no, conmigo no, porque no sois nada. Nada.

domingo, 29 de mayo de 2011

Al camino recto, por el más torcido.

Los doctores no encuentran remedio ni antídoto, tampoco venenos silenciosos que reinicien el sistema. El virus es peligroso, frecuentemente capital. Sus largos tentáculos se apoderan de todo, incluso de los momentos buenos. El destino de los perdedores aguarda mientras camino por las calles luciendo mi sobreseída cara de cárcel. Incansable en la lucha, vendido a causas que sólo tienen que ver con el futuro, he olvidado el presente. Cuando llegan los achaques de la enfermedad, me arrepiento durante algunos minutos, quizás horas. Mientras sus efectos duermen entre algodones, las decisiones dudosas, tal vez erráticas, se convierten en claves de sol dispuestas a iniciar alguna melodía armónica.
            La enfermedad es una hija de puta, ya que sus vaivenes no dependen exclusivamente de lo ya conocido, sino que se mecen de un lado a otro al compás de las voluntades de los demás. El hombre es bueno por naturaleza, pero también es gilipollas desde el momento en que nace. La patología hace que tu bienestar esté intrínsecamente ligado a lo que acontece fuera de las fronteras de tu ser. La maldad de los demás, o la simple desidia, seducen y fortalecen al poderoso virus. La infelicidad momentánea y pasajera es más fuerte que yo cuando le da por presentarse. Además, la afección suele atacar con más fiereza a las personas bondadosas, a aquellas que no tienen mal natural. Devora los intelectos de aquellos que se desviven por ti, y por ti también, porque la gente buena baja sus defensas, convencida de que el mundo es un lugar justo que te devuelve instantáneamente la sonrisa que le has ofrecido. Para los que aún no lo sepan, y más a modo de protector estomacal que de antibiótico, las cosas no son así.
            El inconformismo crónico es así. Hermano de la infelicidad, de lo eternamente incompleto. Hace que mires al futuro, confiando en que una justicia divina te coloque donde crees que debes estar, en que algún día vivirás y sentirás todo eso que sabes que se debe sentir. Mientras, la gente pasa por tu lado en intervalos muy cortos, gente con la que has estrechazo lazos quizás tremendamente fuertes teniendo en cuenta la importancia real de las cosas. Nada es trascendental. Nada es demasiado importante. Pero las personas buenas son así: pasionales y enamoradizas. Yo me enamoro y me desenamoro a diario, decenas de veces. Es otro efecto secundario del inconformismo crónico. Viviendo a lo Ted Mosby, arrojas al contenedor de basura a una, y más tarde a la siguiente, y todas duelen, pero buscas siempre una perfección y una sensación de homogeneidad que, tal vez, no existan.
            Ahora bien, si la enfermedad no te consume, y conmigo no puede, te conviertes en alguien tremendamente ágil y poderoso. Se aprende al viejo estilo, a golpes de garrote, pero cada cicatriz suma. Debes desarrollar tu intelecto para prevenir los achaques venideros y, por ello, acabas convertido en alguien capaz de controlar las actuaciones de los demás, de prever y provocar las respuestas deseadas. Ahora lo siento. Ahora sí. Podría venderle hielo a un esquimal. Sin embargo, este es sólo un paso. Se tiene el duende suficiente para controlar las respuestas, pero nunca nadie puede llegar a controlar las emociones más profundas y reales. Por este motivo, de nuevo, la felicidad, al igual que su antónimo, es impredecible y se presenta siempre con el cronómetro en marcha.
             Una casa, un contrato de trabajo, un país extranjero y hermoso, un millar de nuevas personas alrededor y un par de mujeres guapas que me hacen sufrir (el sufrimiento como germen de la felicidad) no es bastante. O quizás sí. No lo puedo saber: soy un inconformista. 

martes, 10 de mayo de 2011

Cuando manda la Luna.

Ordena el corazón sus descompuestos ventrículos, asfixiados quizás por el incesante humo negro. La pluma no se ha divorciado del blanco. Ella danza ligada al compás del alma, últimamente demasiado centrada en sus asuntos. El frío ya no hiela las pieles de los hombres. El rubio del cielo abre puertas a patadas y su luz se refleja en prominentes dentaduras blancas, antes ocultas por la sintomática carencia de sonrisas. Las noches han sido largas, seguramente eternas. La pasión brota bajo los contenedores y para el sexo es de recibo utilizar lavadoras en marcha. La cerveza, el vino y el vodka ya no emanan con tanta fluidez. Ahora todo es denso, masticable. Viviendo en una resaca que ha durado tres meses y medio, la reina de todas las hadas agarra con fuerza mi oreja derecha para hacerme salir de un torbellino de sinsabores incoloros y de dulzor policromático que se mezclaba a partes iguales. Haciéndome mayor con pies de gigante y pasos de gnomo, la afilada daga ha rozado mis piernas, asustándome, con la intención de obligarme a abdicar. Pero, ¿quién dijo que sería fácil? Es imposible elegir entre el blanco y el negro, porque uno no es nada sin su opuesto. La oscuridad de las noches en la ciudad abortaba los sueños con luces de neón y gente que ya dormía entre saltimbanquis borrachos de hormonas. Llamando a las puertas del cielo, pidiendo clemencia, un ángel bajó para señalarme el camino de la rectitud. Correcto, como siempre quise ser, respeté sin rechistar una indicación hecha más con el dedo corazón que con el índice. ¿Por qué le seguí? Aún no lo he comprendido. Tampoco espero llegar a entenderlo.
            Actuar por impulsos suele llenar la lista de espera de los psiquiatras, y no la de la revista Forbes. El miedo al fracaso es enorme. El miedo al acierto, también. Debe ser así cuando alguien no sabe realmente qué quiere hacer con su vida. Momento de transición, quizás. Nostalgia fandanguera. Anhelos que llegan sólo cuando la situación es difícil. En los momentos buenos no tenemos patria. Los problemas de allí se olvidan. No es egoísmo, es salud. Aquí también hay problemas, a diario, igual que allí. Descentralizar preocupaciones es el éxito del viajero.
            No estoy seguro de nada. No sé si me quedaré o volveré. No sé si quiero trabajar aquí. No sé dónde están mis puntos de referencia, esos que tuve y se marcharon corriendo cuando sonó la campana. No sé donde vivo, ni donde voy a dormir cada noche. No sé si repetir restaurante de comida rápida, o si cambiar de vez en cuando. No sé si mi novia me quiere o me odia. No sé vivir cual Rolling Stone, pero estoy aprendiendo.
            Mi alma amanecerá grande. Pero no hoy, sino mañana. Ahora, la luna entra sigilosa por la ventana de una casa que no conozco. En la calle, las luces apagadas. Sólo ella podría llegar hasta aquí sin tropezar. Sólo ella, pues es quien manda y quien marca la senda divina para aquellos que siempre vivimos bajo su golfa mirada.

miércoles, 6 de abril de 2011

"Cada vez te pareces más al abuelo"

          No sé qué exclama un padre novel al ver por vez primera a su hijo. Silencio atónito y enamorado, tal vez. O quizás alguna frase lapidaria que ensayaba desde que su chica lo avisó del vuelo en ‘Business’ de la cigüeña parisina. Cuenta la hermana, quien finalmente libró a mamá del sufrimiento limpiándome los ojos al mundo por primera vez, que su expresión fue tal que así: “se parece a Mr. Magoo”. No es digna de aparecer en recopilaciones de citas célebres, ni siquiera es una frase tierna o cariñosa, pero sí poco planificada, carente de ensayo frente al espejo, más significativa, para mí, que la mejor idea de Borges o Víctor Hugo. Y es que los grandes de la historia y del presente son nadie frente a la figura de mi padre. No me gusta Gabilondo, vomitaría sobre Luca de Tena, Larra se podría haber muerto antes, incluso Kapuscinski . No los admiro. No siento pasión por lo que dicen y cuentan, no sigo las sendas que intentan  trazar o trazaron, ni busco veredas sobre las que ellos hayan caminado para tratar de alcanzar igual destino. El periodista que más he admirado, y admiraré siempre, será al que menos he leído y leeré nunca. Tal vez por miedo a leer las palabras del auténtico referente y faro de uno mismo, o bien por evitar la inevitable comparación y su siempre putrefacto resultado.
            He seguido sus pasos, modernizados y revisados, pero sus pasos al fin y al cabo. No soy periodista por vocación, ¿cómo podría serlo? Lo soy porque es aquí, en este folio antes blanco y áspero y ahora virtual, donde me siento más cómodo, donde me resulta más fácil nadar y crecer, el único lugar en el que respiro radicalmente libre. Y todo viene dado. Jamás he leído, me aburre enormemente, pero escribo. Todo viene dado. Hasta la cuchilla de afeitar parece haberme abandonado. Se excusa uno en la pereza y el descuido, en la estética underground, pero el subconsciente es más poderoso que todos ellos, e incluso la imitación puede ser involuntaria, incontrolada e icónica. ¿Quién lo sabe? También somos animales, animales de costumbres.
            De su paso, siempre huella. Se oyen comentarios alegres y alabadores cuando él entra en el tema de conversación de un grupo ajeno y sentimentalmente desconocido para nosotros. Se escucha hablar bien de mucha gente, pero en la mayoría de casos las confesiones no son sinceras, y atienden a intereses que derivan del beso a una mano poderosa. Pero, en este caso, lo verdadero debe brotar.
            Antes de ser maestro de muchas cosas, él es padre. Padre, con mayúsculas, en el sentido más brutal de la palabra. Tener un hijo no convierte a uno en padre, del mismo modo que tener un piano no lo vuelve pianista. Intenta que llegues a ser todo lo bueno que a él le hubiera gustado ser, y eso lo hace exigente y realista. Exigente porque sabe cómo actuar frente a lo que seguro está por venir y de lo que yo ni siquiera veo atisbos. Realista porque ha visto que el mundo que nos rodea, en su mayor porcentaje, será hostil conmigo y con todos, y sabe que sólo aquellos capaces de dominar su entorno estarán en la punta del iceberg, justo donde él quiere que llegue y donde yo quiero llegar.
            Abandonó a tiempo el soborno del cielo, consciente de la realidad de las cosas y de que no hay nadie incorpóreo que pueda echar una mano. Me compró mi fe, y la cambió por las orejas de Mickey Mouse y el hocico de Pluto. Me enseñó la pasión por el fútbol y por la música. Me descubrió a Bob Marley a través de aguja y vinilo. Descifra muchas de mis preocupaciones y las soluciona con, ahora sí, una frase lapidaria rebosante de pragmatismo, aunque su consejo siempre concluya en una elección que finalmente dependerá de mí. Nunca me ha cortado las alas, pero me ha enseñado a volar con firmeza y determinación, esquivando el cableado, y a reconocer las ventanas que, a simple vista, parecen no tener cristal. Se rompe la camisa y trabaja a deshoras para que a una rubia y a mí no nos falte nada, para seguir dándonos lo más importante que un padre puede dar: la posibilidad de que sus hijos elijan. Siempre. Adora a su mujer, mi madre, aunque el trabajo lo agote y presione en ciertos momentos, e incluso se le sigue desprendiendo el amor por la sorpresa, algo que yo sigo a rajatabla. Continúa cometiendo pequeñas locuras que puede permitirse, aunque nunca son exclusivamente para él. No tiene lujos, ni vicios, ni se concede nada para disfrutar unilateralmente. Su consciencia es plural e inabarcable, grupal, familiar.
Es cabeza de familia. Patriarca, nunca padrino. Corta y reparte las sandías y los melones, uno de los gestos que más pueden dignificar, identificar y determinar a cualquier líder familiar. Tiene poder decisorio sobre la televisión a mediodía, por la noche no le importa, normalmente no está. Sabe que cuando llegue, el mando a distancia estará descansando sobre el sofá, todos dormirán. Pero, la noche que está, si coincide con un buen partido, reality shows y películas se van al carajo.
La admiración es clara, genética, involuntaria. Su amor es infinito, inmensurable, hermoso. Es santo de la devoción de todos los que compartimos lazos estrechísimos con él. Los más estrechos que existen. Dicen que cada vez se parece más al abuelo, y él se pica. ¿Por qué? Él es otra persona total, plena. Ojalá llegue a conseguir yo lo que él ha logrado. Ojalá mis hijos me digan a mí algún día “cada vez te pareces más al abuelo”. No pido nada más.

Feliz cumpleaños, papá.